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jueves, 15 de agosto de 2013

Vetala

Por primera vez, no buscamos una misión. La misión nos encontró a nosotros.

Tom llegó un día a la cafetería y nos anunció que su padre había desaparecido. Recuerdo su impertérrita cara transformada en una mueca de preocupación. El rostro roto de Erik. El sufrimiento de Veronika por su marido.

Investigamos los camiones de los hombres desaparecidos. No había rastro de nada. Decidimos partirnos en grupos y repetir el plan de Tom padre, hacernos pasar por camioneros.

Fue mala idea. Al menos en parte.

Fui con Tomas a la gasolinera. El se subió al camión y yo observé, todo estaba tranquilo. Hasta que desapareció ante mis ojos. Tomas se desvaneció en la nada.

Me desesperé. Llamé a Mary Anne. Ella me reveló el verdadero problema. Tomas era Erik.

Me recogieron. Encontramos a Veronika persiguiendo un coche, el coche donde iba él.

Me aparecí a su lado, en el maletero del coche. Estaba inconsciente, y su pulso era débil. Sentí rabia. Ellas, las vetalas, iban delante. Me desdoblé de nuevo. Nunca me había aparecido con un objeto, pero esa vez, sentí que podía hacerlo.

Esperé y las observé. Sentí la adrenalina empujándome hacia ellas. Y en cuanto frenó el coche, la asesiné. Sin dudar. Le rajé el cuello y disfruté de su sufrimiento mientras se desangraba. La plata le dolió hasta su último suspiro.

La otra huyó hacia dentro de el almacén. Yo saqué a Erik del maletero y lo acosté en la furgoneta. Tenía que irme. Tenía que encontrar al padre de Tom. Y vivo.

Lo hice. Le encontré. Estaba atado a una silla. Envenenado. Mientras Mary Anne disparaba, corrí hacia él. La otra vetala cayó al alcance de Tom, que la golpeó con sus propios puños hasta matarla. Sentí su rabia. Sentí su venganza.

Extraje el veneno del cuerpo de Tom padre tal y como Veronika me había enseñado. Su pulso se aceleró. Su rostro recuperó color. Supe que era suficiente. Salí de allí. No podía dejar de pensar en la furgoneta. Distraerme me cabreaba.

Recuerdo que sangraba demasiado. Extraje el veneno de su cuerpo también. Olía a cuero. Tapé sus heridas con mis manos. Se lo llevaron. Me mareé y corrí de nuevo. Esta vez al hospital.

Lo peor de aquello fue la espera. La sangre en mis manos, el tatuaje, Levana, los latidos de su corazón descendiendo torturantemente. Su cara triste.

Encontré un donante. Juré que si el gilipollas salía de esa llenaría a Sasha de bolsas de sangre compatibles. Y salió.  Finalmente salió.

Mi corazón parecía querer compensar el de ese capullo.

Nikki apareció después, y su presencia fue como una ráfaga de brisa fría en un día de calor abrasador. Al menos durante un rato. Yo no era capaz de salir de aquella habitación, y ella parecía querer revelar esa parte de mí a voz en grito.

Supongo que me sobrepasó. Las emociones, el miedo. No sé cómo caminé hacia su cama, pero lo hice. Lo hice. Lo increíble es que no me arrepienta.

Recordaré siempre el rostro aliviado de Tom frente a la cama de su padre. Él, sin saberlo, me ha enseñado algo. La familia no te hace débil. Es al contrario.

Debería probar.

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